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12:44h. Viernes, 15 de Diciembre de 2017

“Crujiendo, rechinando, quejándose de todo avanza la carreta por sobre el barro gris”

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Texto leído en la ceremonia de inauguración del Monumento al Campesino de Santa Juana, erigido en el acceso norte del pueblo. Obra del escultor en madera, de nacionalidad francesa, avecindado en Chile, Señor LUCIEN BURQUIER

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Gentileza: Dr. Medardo Urbina Burgos

Era a mediados del siglo XX, cuando los agricultores de los alrededores de Santa Juana (Tanahuillín, Espigado, Torre Dorada , Colico, Purgatorio, Paso Hondo, El Chacay, Centinela, Los Quiques, etc.), llevaban a Lota los productos de sus cultivos agrícolas, Lo hacían en carretas tiradas por bueyes. Cinco, siete o más carretas, se juntaban para efectuar la travesía. Partían de Huallerehue –dicen los antiguos- y comenzaban a ascender los barrosos caminos hacia las montañas de la Cordillera de Nahuelbuta: subir y bajar lomas, atravesar extensos barrizales, descansar en los lugares adecuados para tomar agua, dar pasto a los animales, soltar los brutos, mientras los hombres preparaban un mate o un jarro de café que llamaban “ charro”. El “charro” era un tarro vacío de Nescafé o durazno en conserva, al que se le había atado un asa de alambre. En él se calentaba el agua, sobre una hoguera encendida a la vera del camino. Era para calentar el cuerpo, era para comenzar a conversar con los vecinos, era para compartir un trago de aguardiente. Eso decía Don Enrique Cruz. Eso decía antes, cuando él vivía.

Subían así los brutos la “Subida de los Cruces”, pasaban luego por el “Bajo de las Canogas” hasta “Las Heritas” y entre descanso y descanso, -los brutos bufando y las carretas rechinando con el barro hasta los ejes-, se llegaba a “ La Vuelta del Peumo”. Se alcanzaba a media tarde “La Fundición” y luego “Pan de Azúcar”, donde Don Berto Cisterna, - que en ese tiempo era sólo un niño- gustaba pasar a preparar una chupilca de agua con harina, mientras los brutos tomaban agua y descansaban unos minutos. Luego venía “La Vuelta del Caballo” y finalmente se alcanzaba “El Cierre”, ya bien avanzada la tarde. Allí había una explanada, un llano, donde las carretas y sus ocupantes se tendían a descansar. Soltar los yugos y alimentar a los brutos, darles agua y amarrarlos para que no se dispersen. Los hombres encendían una fogata y calentaban sus “charros” con café y un poquito de aguardiente. Se tiraba una frazada bajo la carreta y a dormir hasta la madrugada siguiente. En ese tiempo no había Nylon ni plásticos. Era sólo una frazada para pasar la noche lo más cerca posible de la fogata para no dar “diente con diente”.

A las 5 de la mañana del día siguiente, las carretas volvían a ponerse en movimiento, aún con noche.

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Pasaban así por “La Piedra Agujereada”, y luego venían “Los Lingues”, “ La Subida del Meñico” y luego pasaban por “ Los Tres Árboles”, lugar equidistante de Lota, donde los carabineros montados a caballo, hacían posta. Los de Santa Juana se juntaban con los que venían en sentido contrario desde Lota, se pasaban las novedades y encargos y se volvían cada cual a su cuartel. Eso era “Los Tres Árboles”.

Después “Casa de Tejas” y luego” Los Quilmayes” y “ El Pájaro Niño”, animita donde los carreteros pasaban a dejar unas monedas y a decir una oración por el buen término del viaje. Estaban más adelante “Tierra Blanca”, “Los Cipreses” y “Los Guindos”, poco antes de llegar a la temida “ Bajada Parada”, donde había que ayudar a los brutos, frenando las ruedas de las carretas. Poco más adelante se alcanzaba “Casas Viejas”, donde solían juntarse a pernoctar tantas carretas que a veces no había espacio para una más y entonces, había que seguir más adelante, buscando un espacio donde desenyugar a los bueyes, hacer una fogata y tomarse el café caliente en el “charro” antes de dormir bajo la carreta. Fue en este lugar que uno de mis informantes me contó que cuando era un niño de unos 10 años, se tiró a dormir bajo la carreta y se cubrió con una manta a esperar la aurora. A medianoche, sintió un cosquilleo en la cara y un olor penetrante. Al despertar se encontró con la cara del león que lo estaba olfateando, listo para darle el mordisco. El niño se asustó y dio un fuerte grito al mismo tiempo que daba un manotazo al león. Éste se asustó por la reacción del niño y se alejó de un salto, perdiéndose entre los árboles del bosque. Este niño se salvó y desde ese entonces le llaman “El olfateado de león”. Uno que otro niño o niña no tuvo esa suerte y se describen casos en que el león se llevó, mató y se comió a algún infante.

Luego venía “Cancha de Madera” seguida de “Trancas Negras” y más allá “ La Vuelta de Munita”, nombre derivado del apellido de una familia que vivía en ese lugar. Y así se llegaba a Colcura, desde donde se doblaba hacia Lota siguiendo un camino encumbrado en los cerros por el llamado “Camino de Barro”, hasta llegar a “El Abanico”, que era una cancha de fútbol y finalmente se llegaba a “La Rejón”, justo a la entrada de Lota, donde se pernoctaba. Se soltaban los yugos, se daba de comer a los animales y se encendía la fogata para calentar el café en el “charro”. Un poco de conversa escuchando las historias de los más ancianos, un poco de aguardiente y ¡a dormir! bajo una manta o frazada.

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Al día siguiente se entraba a Lota muy de mañana y se pregonaba la mercadería que llevaba la carreta: Chicha de uva, o vino “bautizado” a la entrada del pueblo, membrillos, trozos de pellín, estacas, verduras y tomates, manzanas, harina tostada y tortillas. Los melones de Santa Juana eran los más deliciosos de la región y muy apetecidos en esos años.

Tres días duraba el viaje de las carretas encaramándose por los barrosos caminos de la montaña. Era la ida. Uno o dos días para vender las mercaderías y luego tres días de vuelta para llegar a la casa con algún saco de harina, unas ollas que pidió la patrona, un par de cortes de género o alguna de las “faltas”: azúcar, yerba mate, café en grano, unas cajitas de Mentalol, Cocoa Peptonizada Raff o Calcionil para los huesos de las ancianas, “remedios” que se pasaban a comprar a la “Botica”.

Hacían este trayecto a Lota, algunos conocidos vecinos del pueblo, muchos de los cuales ya están muertos: Don Agustín Cisterna, que vive aún en Huallerehue, Sus hijos Berto, Elías y Nino Cisterna, Don Enrique Cruz y su hermano Don Maximino Cruz, Don Pedro Jara, Don Peyo Montecinos, de Tricauco, Don Tello Escobar, Don Félix Silva, Don Casiano Castro, el padre de nuestro Alcalde, Don Arturo Romero, Don Tolo Ancatrío, Don Tello Campos, Don Juan Aroca, Don Santiago Mellado, Don Juan Alberto Villagrán, Don Abelardo Castro, Don Tolo Pedreros, Don Rodolfo Chávez y tantos otros nombres que sería largo enumerar.

Todos estos hombres y sus carretas, hacían este sacrificado trayecto, sudando a mares, picaneando a sus bueyes en las subidas o cuando las ruedas se enterraban en el barro, subiendo y bajando cerros, porque no había en ese tiempo camino hacia Concepción. Y Lota era la única ciudad más cercana donde vender los productos.

Sacrificio, esfuerzo, coraje, tesón, porfía por lograr los objetivos. Por esa gente sufrida y sacrificada, el Sr. Alcalde de Santa Juana, Don Ángel Castro ha erigido esta hermosa escultura, en reconocimiento a tantos campesinos de esta hermosa tierra que forjaron así el futuro de sus hijos. Don Casiano Castro fue uno de ellos, y su hijo es hoy nuestro querido Alcalde. Hermoso gesto el del Sr. Alcalde, hermoso porque reconoce el valor de tantos campesinos, que silenciosos y humildes, pacientes y serenos, dieron lo mejor de sí para salir adelante de tantas dificultades y el Sr. Alcalde rinde con esta hermosa obra, un homenaje a estos campesinos. Por eso es hermoso este monumento, porque es un reconocimiento a esta gente humilde. Cuidemos esta hermosa obra, respetémosla, porque en este respeto de los jóvenes, está el reconocimiento al esfuerzo de nuestros abuelos. Los abuelos de esta tierra de Santa Juana, muchos de los cuales ya no existen, pero es bueno que se recuerden sus nombres, es bueno que se mantengan en nuestras memorias.

(Santa Juana ,19 de Abril 2009. Día de la Inauguración del Monumento al Campesino de Santa Juana.)