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08:16h. Sábado, 25 de Noviembre de 2017

UN PROFUNDO ANÁLISIS A ESTE FENÓMENO SOCIAL

Violencia en los estadios; la otra cara del patriotismo futbolero orquestado desde la publicidad

Cuando aún no se apaga el eco de las celebraciones tras la obtención de la Copa América, lo que queda es la dura realidad de un país dividido por muchos temas sin resolver

Violencia en el fútbol chileno, un mal síntoma que se hace cada día más frecuente.
Violencia en el fútbol chileno, un mal síntoma que se hace cada día más frecuente.

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Kristov Cerda, académico de la Unab

​Tan sólo una semana después del histórico título obtenido por el combinado nacional en el Torneo Copa América celebrado en nuestro país, donde autoridades, tanto deportivas como gubernamentales, así como funcionarios de las fuerzas de orden y seguridad desplegados en cada sede del torneo, coordinaron esfuerzos y se esmeraron por mostrar al mundo lo mejor de nosotros en aspectos como organización, seguridad, estabilidad de las instituciones y comportamiento cívico de la hinchada, nuestro fútbol local vuelve a su triste realidad, aquella de la violencia desatada entre barras rivales, aquella que ahuyentó al verdadero aficionado y que acabó con la creencia que promueve al fútbol como una fiesta familiar.

¿Porqué vuelven a reaparecer brotes de violencia en los estadios del país, luego de una ejemplar organización de Copa América, cuando ya se creía que estas malas prácticas se habían conseguido erradicar de los principales recintos futbolísticos? Y ahora que el Plan de Estadio Seguro implementado por el Ministerio del Interior y Seguridad Pública parecía corroborar el acierto de su normativa.

Para responder a tales interrogantes Diario ConCiencia conversó con el académico de la Escuela de Psicología y Departamento de Humanidades de la Universidad Andrés Bello sede Concepción, profesor Kristov Cerda.

Profesor Cerda ¿Qué lectura podemos hacer de lo paradojal que resulta que en una semana todos estamos celebrando la obtención de la Copa América, todos estamos vestidos con la camiseta roja de nuestra selección y a la semana siguiente, comienzan estas verdaderas batallas campales entre hinchas de distintos clubes? ¿Qué problemática refleja esto?

La pregunta supone una afirmación que no es verdadera, pues una parte importante de la sociedad chilena no se interesa por el fútbol o derechamente no disfruta esos triunfos, pero queda invisibilizada por la industria y el aparato de marketing que, falazmente, identifica la chilenidad con el seguimiento fanático de un deporte. Ahora bien, puesto que las conductas violentas asociadas a los encuentros futbolísticos son mucho más antiguas que la Copa América, lo que se devela es – precisamente - cómo la “unidad” de las masas tras la selección es una ilusión creada por los medios de comunicación. Así como no desaparecen los problemas sociales que tiene Chile, tampoco desaparecen las rivalidades tribales y las carencias sociales que sostienen la violencia futbolera, sólo se acallan por unas semanas gracias al bombardeo incesante de los medios.

Cuando vemos en los noticieros grandes multitudes celebrando (en Plaza Italia, Plaza Independencia en Concepción, etc.) la obtención de la Copa América ¿Fundamentalmente se trata de personas que ven más televisión y por tanto están más expuestas y más influenciadas a la profusa difusión de contenidos que desde ahí se transmiten, en este caso el eslogan de turno"apoyar a la roja"?

No necesariamente, porque la televisión es un actor importante pero no el único. El bombardeo se da a todo nivel, incluso en los trabajos o la familia. He visto casos de gente que fue agredida verbalmente cuando manifestó desinterés por la Copa América, cuestionándoles - entre otras cosas - su hombría y su patriotismo; también pudimos ver cómo empresas  e instituciones educativas paralizaban su actividad por horas para ver un partido, sin preguntarse si realmente todos los trabajadores o estudiantes estaban de acuerdo con la medida. Por ello es difícil identificar un grupo o perfil particular para quienes salen a "celebrar" colectivamente, hay muchas formas de coacción, descaradas o sutiles, por las que resulta difícil sustraerse a la corriente. Ahora bien, es claro que quien sale a la calle a expresar algo lo hace en gran medida voluntariamente, quizás ni siquiera porque le guste demasiado el tema, sino por esa suerte de gratificación inconsciente que tiene sumergirse en la masa y sentirse parte de un grupo o un motivo que trasciende el gris cotidiano. El resto del tiempo los chilenos somos individualistas y temerosos de los demás,  basta con ver cómo camina la gente con el ceño fruncido por la calle. Las celebraciones colectivas, inducidas o no, proporcionan la ilusión de un vínculo solidario o comunitario, de hecho en esa ilusión se basa gran parte del marketing en la industria futbolística.

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Cuando responzabiliza a los medios de comunicación, como el origen de todo el marketing falaz que se levanta en torno a la industria del fútbol ¿Se refiere fundamentalmente al papel que desempeña la televisión en todo este montaje?

Insisto, la televisión tiene aún un rol relevante, pero ha ido perdiendo terreno frente a las redes sociales y otras formas de control social apenas un poco más indirectas. Aparte de los que ya mencioné al responder la pregunta anterior, proporciono un último ejemplo: unos meses antes de la Copa América las tiendas de retail (incluidos los supermercados) se llenaron de la iconografía alusiva al fútbol, camisetas rojas, balones banderas chilenas y un sinnúmero de ofertas relacionadas con el evento. En un sistema social que gira en torno al consumo, se vuelve casi imposible para el ciudadano promedio siquiera cuestionar estas consignas, las encuentra en el trabajo, en la escuela, en la panadería, al subir a la locomoción colectiva, en la prensa escrita, Facebook, la conversación del vecino, etc. Se impone la lógica maniquea de "estás conmigo o en mi contra", y seguir la corriente implica acceder a múltiples beneficios imaginarios, tanto de orden económico como simbólicos.  En el fondo, es una cuestión política: los chilenos estamos atomizados y divididos como para enfrentar los problemas reales que tenemos, pero se nos hace creer y sentir que somos una comunidad solidaria y comprometida. Desde el momento en que, en nuestro lenguaje, se volvieron sinónimos "Chile" y "La selección chilena de fútbol", no es extraño que miles de personas que se niegan a votar o a marchar para exigir un país más justo, salgan a las calles sin pudor alguno para celebrar un triunfo deportivo. No se trata de demonizar al fútbol o la industria deportiva, pero deberíamos al menos preguntarnos seriamente por qué ello moviliza a las masas mucho más que -por ejemplo- el aumento del sueldo mínimo o la reforma a las AFP, y no es cuestión sólo de recursos invertidos en marketing.

¿En qué ha afectado al ánimo de los chilenos las catástrofes naturales que hemos venido sufriendo durante el último tiempo?

Hay quienes han dicho que los chilenos somos sombríos, y que ese estado de ánimo se debe en parte a las particularidades de nuestro territorio, especialmente la dimensión telúrica. Sin embargo, si le preguntas al ciudadano común, lo que afecta su ánimo son las condiciones precarias de vida que se imponen social y económicamente, además de la incertidumbre y el miedo que propaga especialmente la televisión, que machaca constantemente un mensaje centrado en la criminalidad, en el pesimismo y en la crisis política o de cualquier tipo.

Hay opiniones de quienes culpan al actual régimen horario (que no se modificó para invierno), como una de tantas causas que podrían estar afectando la conducta de los ciudadanos ¿Qué tan efectiva puede ser esta creencia? ¿Qué tipo de perturbaciones podría estar provocando este factor?

Es un factor importante, pero no tan relevante. Tienes que tomar en cuenta que en la zona austral de Chile, por ejemplo, hay varios meses de penumbra, y allí encuentras a gente esforzada y vivaz. Es cierto que los cambios de luz o el desorden en el sueño afectan un poco al estado de ánimo, pero no son determinantes en el sentido de gatillar conductas violentas o antisociales de masa.

¿Fue muy brusca la transición de ser un país acostumbrado a triunfos morales, a llegar a convertirnos en los campeones de América?

Yo me preguntaría si ese también no es sólo un triunfo moral o imaginario, en el sentido de que no representa un cambio de vida sustantivo para millones de chilenos. Es una alegría, ciertamente, pero sus efectos se desvanecen rápido, cuando se impone la urgencia de la vida cotidiana o cuando los medios cambian de agenda. Para que el triunfo tuviese alguna validez en el plano real debería responder a alguna condición sostenida en la vida de los chilenos, por ejemplo, a una política deportiva que nos haga enfrentar este tipo de competencias con preparación y mentalidad ganadora siempre, y que alcanzar a todos los estratos sociales.

¿Qué segmentos etáreos o sociales o qué tipo de perfil poseen las personas más susceptibles a sufrir con estos cambios sociales tan abruptos y porqué?

Los jóvenes, adolescentes o recién saliendo de la adolescencia, son siempre los más afectados porque están en una etapa de construcción de la propia identidad, y son emocionalmente permeables a todo tipo de campaña simbólica. Los jóvenes de estratos sociales más bajos, por supuesto, son aún más susceptibles, en tanto no tienen acceso a dimensiones alternativas de la cultura a través de las cuales expresarse o construir su propia identidad, por lo que se hallan fácilmente a merced de los discursos de los medios de comunicación, quienes son los que –en el fondo- construyen o estimulan estas conductas.

Los chilenos ¿Estamos siendo más proclives a conductas violentas y porqué?

Para saber si hay un aumento tendríamos que revisar las estadísticas. De acuerdo a la evaluación del Plan Estadio Seguro que se hizo en 2014 habría una disminución en la actividad de las barras bravas y aumentaría la percepción de seguridad en los asistentes, aunque todos acuerdan que aun es insuficiente el marco regulatorio. Si vemos las estadísticas asociadas a la delincuencia, la victimización en Chile también va en caída. Entonces, o las estadísticas y estudios mienten, o hay alguien que nos quiere hacer sentir en un clima de violencia permanente. Ahora, si lo ponemos en contexto, el chileno tiene un tema con la violencia del que no nos hemos hecho cargo debidamente como sociedad, la violencia política, la violencia intrafamiliar, la violencia social, etc., son temas que sólo se abordan desde una perspectiva criminal, pero no hemos reflexionado lo suficiente sobre en qué medida habitamos un conjunto de prácticas y discursos que facilitan la violencia e incluso a veces la justifican.

¿Cuál es el papel que desempeñan los medios de comunicación y deportes masivos en la configuración de escenarios confrontacionales en la sociedad?

Creo que aquí es donde radica el problema. Si uno pone atención a la frecuencia con que se reportan en los medios las noticias relacionadas con crímenes, accidentes, o confrontaciones de todo tipo, en relación al resto de las informaciones, queda claro que los medios se alimentan de negatividad más que de triunfos o alegría. Si, al pasar al mundo del deporte, notamos el lenguaje incendiario o despectivo de muchas de las personas dedicadas a comentar las noticias de este tipo, especialmente en la radio (que es el medio que alcanza a todo estrato social), vemos que existe una cultura que asocia el comentario periodístico a la figura del “crítico” o el “choro” que es más válido mientras más cuestiona o agrede verbalmente. No se explica de otro modo que personajes tan patológicos como, por mencionar al más típico, Bonvallet, tengan tribuna hoy en los medios.

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¿Qué tanto ayudan o qué tanto perjudican los éxitos deportivos como el alcanzado en Copa América, Copa Davis o en los Panamericanos?

No creo que comporten ningún tipo de perjuicio en sí mismo, exceptuando –quizás- el uso que se hace de ellos para desviar la atención de los verdaderos problemas de nuestra sociedad. Quizás serían de gran ayuda si estimulasen la creación de una verdadera política deportiva nacional, o pudiesen estimular a las generaciones más jóvenes a la práctica del deporte. Pero es emblemático que los deportes diferentes al fútbol, que nos han dado históricamente una enorme cantidad de satisfacciones, reciban mucho menos atención.

Si antes no estábamos acostumbrados a los triunfos, en la medida que éstos  sean más frecuentes, ¿las celebraciones tras un triunfo deportivo debieran irse moderando o más bien seguirán constituyendo una válvula de escape mientras existan problemas no resueltos a nivel país?

Eso es algo que no se puede predecir. Lo que es claro es que los chilenos no poseen canales de expresión social efectivos y que quienes deben escuchar a las masas en lo importante están por completo sordos. No sé si las celebraciones por los triunfos deportivos son una real válvula de escape o en realidad una conducta perfectamente pauteada e instigada para proveer la ilusión del logro, cuando en la realidad se nos permite lograr tan poco.

¿Este tipo de conductas antisociales en recintos deportivos como estadios es un fenómeno local o está ocurriendo en todo el mundo?

Es sabido que este problema es internacional y de larga data, en Latinoamérica data por lo menos desde los años ’50 del siglo pasado y en una fecha tan remota como 1314 un rey de Inglaterra intentó prohibir el futbol debido a los desórdenes que causaba.

¿Podemos enlazar este tipo de conductas con comportamientos colectivos que vienen gestándose desde hace unos años como el movimiento de los indignados, efervescencia social en países islámicos, etc.?

De ninguna manera, es un fenómeno antiguo que tiene que ver –sobre todo- con la penetración de los eventos masivos por grupos delincuenciales, con los niveles de precariedad social que facilitan la emergencia de estos grupos y con ciertos perfiles psicológicos del espectro antisocial. Si bien se manifiestan como conductas colectivas, con un tinte tribal (porque es así como se organizan las bandas o pandillas que sostienen estas conductas) , no tienen ninguna relación con movimientos de reivindicación social o con manifestaciones colectivas de sesgo ideológico. Detrás de la violencia en los estadios no hay una ideología o un movimiento, y decir lo contrario es darle la razón a quienes criminalizan las protestas, por ejemplo.

¿Influye en los niveles de estrés, ansiedad o temor de la gente, la propagación cada vez más frecuente, de anuncios apocalípticos?

Esos factores conducen a la agresión en algunos casos, pero si fuera por eso y por la excesiva difusión de mensajes apocalípticos por los medios tendríamos un estallido social permanente y no sólo bandas de delincuentes o aspirantes a delincuente que realizan desórdenes en los estadios. Si bien es cierto que los medios intentan inducir un estado emocional generalizado de incertidumbre y miedo, ello tiene el efecto de inmovilizar a los grupos socialesy promover una sociedad controlada por los poderes fácticos y el Estado, antes que gatillar la violencia social.

¿Se podría hablar que estamos padeciendo un fenómeno de anomia colectiva, ante una autoridad que no nos proporciona las garantías mínimas para resolver las demandas sociales más básicas y urgentes como salud, seguridad ciudadana, educación, trabajo, etc.?

La anomia es un fenómeno propio de las sociedades industrializadas, como ya lo vio la sociología del Siglo XIX, pero –en perspectiva- no es un fenómeno necesariamente negativo, sino que tiene que ver con la incapacidad de la sociedad para proporcionar a sus miembros, o a un grupo de sus miembros, los medios para lograr los fines que la misma sociedad le propone. Una revolución, por ejemplo, que aspire a lograr más democracia o acceso a las oportunidades sería vista como anómica desde la perspectiva conservadora pero es eficiente en la medida en que los canales establecidos por la sociedad no permiten el logro de esto de otra manera. Claramente también hay un componente anómico en fenómenos delincuenciales como la violencia en los estadios, pero –insisto- no podemos establecer una relación causal entre la falta de acceso a los bienes de la sociedad y las conductas delictivas, porque existe una enorme mayoría de chilenos que viven en situaciones precarias (y muchos de ellos no son considerados “pobres” o de clase trabajadora) que no incurren en conductas de este tipo y mucho menos van a destrozar un estadio o a agredir a los miembros de la otra barra. Sin precariedad social habrá menos delincuencia, y con menos delincuencia también menos violencia en los eventos deportivos, pero el hecho de que se plantee la pregunta asociando las demandas sociales a la acción de la “autoridad” demuestra que el problema no es sólo la falta –evidente- de justicia social en Chile sino una cierta incapacidad para comprender cómo funciona la democracia más allá del voto o la representatividad. Pero eso da para un análisis más extenso.DCC